Iosune de Goñi: “Me gusta pensar en el poema como si fuera un conjuro, volviendo así a sus raíces en la tradición oral o en los rituales antiguos”

Hemos tenido la maravillosa oportunidad de entrevistar a Iosune de Goñi, artista multidisciplinar, ahora también amiga. Sus repuestas destilan sensibilidad, para la fotografía y para la poesía; porque tanto sus palabras como sus imágenes nos llevan por senderos que se encuentran y nos ayudan a encontrarnos, pero también a perdernos. Nos habla de la enfermedad, de las dualidades que nos obsesionan, de las fronteras que nos atraviesan. Nos habla del bosque, donde ojalá nos sentemos una tarde a conjurar palabras largo y tendido las tres juntas.

Iosune de Goñi García (Burlata, 1993) es escritora y fotógrafa. Tras finalizar sus estudios en Filosofía, realizó un Máster en Estudios Comparativos de Literatura, Arte y Pensamiento. Actualmente se ha visto obligada a abandonar sus estudios de doctorado por cuestiones de salud. Sus textos han sido premiados en varios certámenes de literatura en euskera y han aparecido en revistas, antologías y otros proyectos colaborativos. Escribe en euskera y en castellano y es coeditora de Liberoamerika en Euskal Herria. Como fotógrafa ha expuesto sus obras en algunas galerías y centros culturales de Euskal Herria y en las calles de Edmonton, Canadá. En este momento se dedica a su cuerpo, buscando las formas de cuidarlo y aprendiendo a amar sus transformaciones.

Para apoyar a Iosune, no dudéis en echarle un vistazo a su tienda de fotos: https://iosunedegoni.bigcartel.com/

·Entendemos que, para muchas personas, la fotografía y la escritura pueden ir de la mano; y por eso nos interesa especialmente que nos hables, si te apetece, de cómo te acercas a ambos formatos. ¿Cuál de las dos formas de expresión es la más automática para ti, es decir, cuál te nace primero? ¿Cómo combinas y amalgamas ambas formas, si es que lo haces, o se trata de dos disciplinas que prefieres practicar por separado?

Siempre he trabajado la fotografía y la escritura de forma muy diferente. El primer impulso, desde la infancia, ha sido hacia la escritura, y esa es también la forma de creación que me ha acompañado de manera más constante en mi vida. Pero no por eso es más natural ni más automática que la fotografía. Más bien al revés, la fotografía siempre ha sido una vía de escape a la exigencia que me impongo en la escritura, algo que me ha permitido ver y decir de forma más intuitiva, casi como si se tratara de un juego. Al principio me gustaba dedicarme a cada una por separado, dependiendo de lo que quisiera decir, o de lo que no (que para mí es igual de importante). Con el tiempo, a medida que la fotografía se iba volviendo algo más serio y la escritura empezaba a darme un poco de libertad, se fueron mezclando, y actualmente estoy trabajando en varios proyectos en los que combino ambas disciplinas. Uno de ellos es el fanzine Trenza roja, en el que colaboro junto con Inés Martínez García y que verá la luz durante las próximas semanas.

·La naturaleza está muy presente en tu obra, y nos encantaría que nos contaras por qué. El refugio-hogar y, a la vez, la desprotección del bosque, se entienden como contrarios y, sin embargo, en nuestra propia poesía conviven ambas realidades, ambos significados. Para ti ¿qué simboliza el bosque? ¿Te identificas con esta dualidad de la que hablamos?

Antes solía decir que el bosque era la casa y el refugio, pero creo que la enfermedad ha cambiado mucho mi forma de relacionarme con la naturaleza y lo que entiendo por hogar como concepto. El bosque es ahora un lugar que requiere un sacrificio, lo cual no deja de ser algo bello, pero ya no puedo transitar sus caminos sin sufrir una transformación (si es que alguna vez pude hacerlo). Cuando hablo de transformación y sacrificio, me refiero al malestar físico que sigue siempre a los esfuerzos, por pequeños que sean, a la humedad que invade mis pulmones, el dolor, la debilidad y la fiebre. Hay que pagar un precio por estar allí, en el mejor de los casos, así que ya no puedo entenderlo como refugio. Pero al mismo tiempo sigue siendo el lugar al que pertenecemos.

Dejando a un lado mi situación personal, creo que esta dualidad de la naturaleza es algo muy interesante. La naturaleza es la vida y la muerte, un ciclo en el que todo lo que nace es destruido para que vuelva a darse la posibilidad del nacimiento, y así infinitamente. Desde nuestras vidas contemporáneas, alejadas del ritmo de los árboles, todo esto se nos hace muy extraño, muy antiguo, como si fuera una fase que hubiéramos dejado atrás. Pero no es cierto. Nosotras también somos parte del bosque, por mucho que nos alejemos de él, y creo que volver a conectar con esas raíces es algo que necesitamos cada vez con más urgencia. Recordar que no somos seres aislados, sino que formamos parte de una red, que dentro de nosotras hay otra red formada por miles de seres microscópicos, y que todos esos sistemas están vivos, respiran, laten. Nos atraviesan.

·Las imágenes poéticas de tus textos nos transportan automáticamente a otros mundos, que nos recuerdan, en parte, a los de Alejandra Pizarnik. De hecho, a raíz de esas imágenes parece que podemos tocar tus poemas, que se vuelven tangibles (“a mí que no tengo nombre que no sé de la vida más que el sabor de la sangre y los desiertos”). Y no sólo tangibles, son evocadoras y desgarradoras precisamente porque nos acompañan más allá del tacto, también en el sonido e incluso en el sabor; por ejemplo, podemos verlo en tu poema Aliseda. ¿Cómo es tu proceso de escritura, es decir, nos hablarías de cómo vas tejiendo los textos y sus metáforas?

Hay un momento, en un ensayo sobre la obra de Eurípides, en el que la escritora norteamericana Hilda Doolittle dice sobre las palabras del dramaturgo (y yo diría que sobre la literatura griega en general): «these words are to me portals, gates». Desde que leí esa cita, siempre he pensado en el poema como en un portal que nos permite viajar a otros mundos, a otros tiempos. Cuando escribo cierro los ojos e imagino que cruzo ese umbral, y después trato de hablar desde allí, decir con palabras de este mundo, como diría Pizarnik, lo que sucede más allá. Supongo que en eso mi escritura y mis fotografías se parecen mucho.

También me gusta pensar en el poema como si fuera un conjuro, volviendo así a sus raíces en la tradición oral o en los rituales antiguos. Utilizo mucho la repetición, me gusta escribir como si fuera tejiendo una espiral, un círculo que empieza y termina en el mismo sitio. Creo que es otra forma de invocar esos mundos paralelos, esos paisajes interiores de los que siempre hablo.

·Nosotras mismas escribimos muchísimo a raíz del dolor, y no sólo nos vemos interpeladas, sino también identificadas con tu escritura cuando hablas del sufrimiento. ¿Te gustaría hablarnos de cómo traduces este dolor en palabras, en figuras poéticas, en textos y fotos?

Hace poco, en un taller sobre escritura y dolor impartido por Ana Castro, hablábamos de la imposibilidad de decir el dolor sin metáforas. Incluso cuando tratamos de describírselo al médico, nos referimos al dolor de una forma poética, porque todavía no hemos inventado las palabras que nos permitan hacerlo de otra manera. El dolor siempre se escapa, es algo que está más allá del lenguaje.

Personalmente, prefiero hablar de enfermedad, y no tanto de dolor o sufrimiento. Por un lado, porque mi enfermedad implica muchas más cosas que no pueden ser entendidas como dolor (por ejemplo, la fiebre, las taquicardias, los mareos…), pero también porque pienso que la enfermedad no es solo sufrimiento, que también tiene una parte luminosa o reivindicativa. Creo que entender la enfermedad, y más aún la discapacidad, como algo malo que jamás querríamos que nos pasara es muy conflictivo (y también muy capacitista). Nos lleva a no querer ver, a mantenerla siempre lejos de nosotras y, por tanto, a abandonar a esos cuerpos que entendemos como diferentes. En mis textos siempre trato de reflejar esa dualidad del cuerpo enfermo, las partes oscuras y las luminosas. Aceptar la transformación, pero sin romantizar el dolor. Encontrar el equilibrio en ese sentido es complicado.

·En una entrevista que te hicieron en La Tribu mencionas a Gloria Anzaldúa, que precisamente es una autora que nos interesa mucho leer y a la que nos estamos acercando a través de nuestro taller de escritura. En los textos de Gloria, hay referencias muy claras y relevantes a las fronteras, los márgenes, los límites… que se relacionan con la tierra, con el cuerpo, con la migración, con la espiritualidad, e incluso con la propia escritura. ¿De qué formas se plasman estos márgenes en tu obra? Respecto a la frontera entre las lenguas (euskera y castellano) ¿Hay alguna que te permita más libertad a la hora de expresarte?

El concepto de límite es algo que siempre me ha obsesionado y que atraviesa toda mi obra, tanto en literatura como en fotografía. Cuando me propusieron hacer mi primera exposición, revisé mi archivo de imágenes buscando algo que le diera unidad a mi trabajo, que se repitiera en varias series, y lo que encontré fue eso: una pregunta sobre los límites que separan los cuerpos entre sí y el intento de trascender esas fronteras. Llamé a la exposición Gorputzak (Cuerpos), reutilizando el título de ese primer libro que no terminé de escribir y en el que pretendía tratar el mismo problema.

Hay muchos límites que me interesan: los del lenguaje, siempre, que van de la mano de los límites del pensamiento racional y sus conceptos fosilizados, y a partir de ahí aparecen todos esos márgenes que mencionáis y a los que Anzaldúa hace referencia en su obra. Borderlands fue como una revelación para mí. Allí encontré todos los temas con los que estaba obsesionada en ese momento: el desdoblamiento o la imagen de la otra, la interconexión entre todos los seres y el universo, ese saberse habitante de dos mundos y estar exiliada al mismo tiempo. Recuerdo que entonces estaba pensando en escribir combinando mis dos lenguas, el euskera y el castellano, y leer a Anzaldúa me ayudó a verlo como algo posible, aunque después terminé desechando (o aplazando) la idea. La relación de poder que existe entre el euskera y el castellano es demasiado fuerte, y aunque en la vida real las mezclo constantemente, no me siento capaz de hacerlo en la escritura.

Respecto a la libertad, no sabría qué decir. A lo largo de mi vida el uso y alcance de cada lengua ha ido cambiando, y también lo ha hecho la facilidad o la intención con la que las empleo. Durante los últimos años, recluida en casa por mi condición física, en ese mundo tan pequeño que es el de la enfermedad, me he comunicado casi exclusivamente en castellano. El primer año, de hecho, perdí la voz debido a una lesión en las cuerdas vocales, y dejé de hablar. Entonces escribía mucho en mis diarios, siempre en castellano, pero ahora que estoy volviendo a la poesía, y que mi relación con el mundo se ha ido ampliando, tiendo a escribir más en euskera. En este momento (porque todo depende, como digo, del momento) el castellano me da la libertad, o tal vez debería decir la comodidad, de ser el idioma que utilizo en mi día a día. Pero también es el lenguaje del opresor, como diría Adrienne Rich, y en ese sentido me siento más libre escribiendo en euskera.

·Para terminar, nos encantaría que nos recomendaras a alguna persona que se dedique a la fotografía y cuyo trabajo te llegue de manera especial; a alguien que escriba poesía y hayas empezado a leer recientemente; y una canción que te inspire. ¡Muchísimas gracias por colaborar con nosotras!

Gracias a vosotras por darme la oportunidad de compartir mi trabajo y mis reflexiones. Para esta selección final, he escogido a tres mujeres que tratan el tema de la enfermedad o discapacidad en sus obras: la fotógrafa Margaret Durow, Arely Jiménez y su libro Madre piedra y otros poemas y, en vez de una canción, os recomiendo la playlist de versiones de la escritora, artista y música Nancy Dawkins con la que últimamente estoy un poco obsesionada y que podéis escuchar aquí: https://soundcloud.com/nancy-dawkins

Fragmento del fanzine inédito Trenza roja

cada vez que respiro siento el deseo de huir. mis bronquios arden como las ramas de un árbol sagrado, como el bosque cuando deja de ser bosque. mis bronquios arden como el mordisco de una loba. solo existe la sangre y el fuego. solo existe la herida, el agua incendiando mis pulmones. y el graznido de los cuervos. dentro de mí hay un bosque que ya no es un bosque, una selva de lava y cenizas. dentro de mí hay una loba de ojos oscuros. cada vez que respiro siento el deseo de huir de mí misma.

Poema de Woodlands, fanzine inédito que le regaló a su pareja, inspirado en el libro del mismo nombre de la ilustradora Ulla Thynell.

en la noche de las dos lunas

verteremos el agua

savia 

corazón de los astros

daremos de beber a las bestias

y te diré

que nuestras venas son raíces

trenzadas bajo la tierra

Poema de Woodlands

cuando tengas miedo

cuando me duela

llévame al bosque

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