Por un feminismo antipunitivo

En nuestra sociedad hay violencia, y particularmente,como bien sabemos las feministas, hay violencia hacia las mujeres. Conocemos sus causas patriarcales, y conocemos su solución, la abolición del capitalismo y el patriarcado. Conocemos también el papel cómplice de los estados capitalistas en que estas violencias se perpetúen. Pero no obstante, cuando este mismo estado nos ofrece la solución de las prisiones, el movimiento feminista no la cuestiona globalmente.

Los crímenes machistas, cuando son más polémicos, son utilizados como forma de populismo punitivo. Por ejemplo, en el caso de Diana Quer, las fuerzas conservadoras y de extrema derecha (no precisamente conocidas por su apoyo a las mujeres) utilizaron al padre de la víctima para empujar la narrativa de la prisión permanente revisable como “lo justo”. Algo similar sucedió en el caso de La Manada: quien se ponía del lado de la víctima en el mainstream era para empujar a mayores penas, llevando así a instancias en las que personas consideradas feministas y en apoyo a la víctima criticaban los derechos de los presos. El populismo punitivo ofrece una solución sencilla al problema del machismo, la simple criminalización, dejando a un lado la labor del estado de prevención y reparación. Además parte de una premisa falsa: que el aumento de penas lleva al descenso del delito. Es en consecuencia una forma de manipulación. Además está motivada por la idea fascista del culto a la acción, de la que hablan entre otros Umberto Eco y Jason Stanley, en su obra Facha: cómo funciona el fascismo: tiene la intención de crear legislación en caliente, sólo empujados por sentimientos irracionales. 

La idea de que el encarcelamiento es la solución a los crímenes, la idea de la prisión en sí misma, es profundamente neoliberal y sirve un propósito ideológico. Su reforzamiento atiende a la idea de “mantener el orden público”, una de los componentes del ur-fascismo de los que habla Umberto Eco en su obra El fascismo eterno: tratando cualquier problema social como un desorden, no se atiende a las causas sociales de su existencia. Lo que subyace detrás de la prisión es que el individuo tiene la responsabilidad plena de sus actos, igual que la tiene de su situación económica, su estatus social… pero el feminismo cuestiona esta idea. El machismo no surge de repente en el interior de un hombre, es alentado por la sociedad patriarcal en la que vivimos, por la objetificación y desvalorización de nuestras vidas que sufrimos las mujeres, por la cultura de la violación. Y como tal deberíamos saber que la solución no es encerrar a los misóginos, sino atacar las estructuras patriarcales, lo cual no puede suceder si se hace ver que no están ahí.

La prisión no es una institución amiga de las mujeres, ni de las feministas. El movimiento feminista sigue criminalizado y reprimido en el estado español, por leyes como la Ley de Seguridad Ciudadana (o Ley Mordaza), que nos han afectado entre otros en casos muy sonados, como el del coño insumiso. Además, las denuncias se han probado como un recurso que las mujeres maltratadas no suelen tomar: en el año 2016 en el estado español, según el informe sobre violencia de género del CGPJ, un 63,60% de víctimas mortales por violencia machista no habían denunciado. Sólo en un 21,69% de las denuncias presentadas se dictó sentencia, y sólo a un 17,05% de las víctimas se les otorgó protección. Hay muy pocas personas en prisión por crímenes violentos en comparación a las que hay por “delitos contra la propiedad” o “contra la salud pública”. Si miramos dentro de las propias cárceles de mujeres, los datos son aún más graves: según Mercedes Gallizo, directora de Instituciones Penitenciarias en el año 2011, “un 80% de las presas han sido maltratadas antes de su entrada en prisión. De las más de 5.000 mujeres que hay actualmente en las cárceles españolas, tres cuartas partes han sido sometidas a violencia física y un 68% a violencia sexual. Además, el 60% ha sido víctima de abuso en el seno familiar, una de cada cuatro siendo menor de edad”. Ser maltratada hace a una mujer más propensa a la marginalización, y así a cometer delitos. 

En su obra Relaciones amorosas de las mujeres encarceladas, Estíbaliz de Miguel habla de la idea de “refeminización”: las mujeres en prisión son vistas como “menos mujeres”, ya que cometer un delito rompe la idea de cómo debería ser una mujer. La cárcel es utilizada para corregir esa desviación: la condena no va sólo por el delito, sino por la ruptura del rol. La misoginia tiene un gran peso en el trato a las mujeres en prisión: la violencia sexual está muy extendida en las cárceles y como forma de tortura. Uno de los casos más sonados fue el de Anika Gil, que apareció en el documental La pelota vasca relatando las torturas que había sufrido (muy preeminentes en el territorio vasco, con más de 5000 casos probados desde el 1977 al 2003). Entre ellas se encontraban tocamientos, vejaciones y amenazas de violación. El estado español se sigue negando a investigar estas torturas. Esta clase de incidentes están aún más extendidos entre mujeres trans y lesbianas. La “refeminización” no sólo ocurre en este ámbito, sino también en el del trabajo: las mujeres presas son utilizadas como mano de obra en trabajos feminizados como la cocina y la costura en macrotalleres, a cambio de un sueldo ínfimo (hasta 0’75€ la hora). En su campaña #esclavasenprisión, el colectivo CAMPA denunció esta situación señalando a quienes se aprovechaban, como El Corte Inglés o Zara Home. Estos hechos son universales, pero en el estado español están aún más presentes dada la dictadura franquista y la historia en ella de los “reformatorios de mujeres”, o de aberraciones machistas como la legalidad de los crímenes de honor. 

Además, una gran mayoría de reclusas y por ello víctimas de este sistema son las mujeres más precarizadas: gitanas, migrantes, trans, víctimas de adicción o con enfermedades mentales. No sólo es así sino que estos grupos de mujeres, en el caso de sufrir violencia machista (fuera de la prisión), tienen muchísimas más trabas para acudir a la policía y no sólo ser escuchadas por ellos sino de no sufrir violencia por su parte que las blancas, españolas, con buena posición económica, cuerdas, sin problemas de drogodependencia.

Apoyando la prisión como solución a la violencia machista, y no sólo eso, no alzando la voz cuando el neoliberalismo pretende hacerlo, las feministas somos utilizadas en la perpetuación de su ideología individualista y proto-fascista. Abandonamos a las mujeres más desprotegidas por el sistema, y reforzamos la existencia de una institución que nos daña. Es fácil decir “si no qué hacemos con los asesinos, ¿dejarles libres?” Nuestro debate va más allá, y va de crear un sistema mejor sin dejarnos llevar po rimpulsos primitivos. Trata de responsabilizarnos socialmente de la violencia y plantear alternativas: las mujeres no se verían obligadas en tantos casos a quedarse en un hogar violento si tuvieran muchos más sitios a los que acudir pagados con dinero público y una red de apoyo fuerte a nivel social, se darían menos situaciones de maltrato en primera instancia si se trabajase directamente con las familias de manera eficiente y si se concienciase a la mujer y a todo el mundo acerca de qué es el maltrato realmente y de cómo proceder cuando se da, las mujeres maltratadas tendrían más posibilidades de sobrevivir si se les ofreciesen vías para romper la dependencia económica de su maltratador, y apoyo con sus hijos… y obviamente, se darían muchísimos menos casos de violencia contra la mujer si se aboliese la prostitución, la pornografía y cualquier propaganda objetificante, y si se educase desde la infancia no sólo fuera de los roles de género que nos oprimen a las mujeres sino activamente en contra de éstos.

Pero nunca podremos encontrar esas soluciones en el estado capitalista, sólo en la respuesta de un movimiento comprometido a poner la vida en el centro, incluso la de quien consideramos criminales, para poner también las nuestras.

Sobre la autora

Kam Ferreras es periodista precaria, escritora precaria y marxista. Co-edita las revistas Llavbor y La Gorgona. @orfeo420

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Un comentario sobre “Por un feminismo antipunitivo

  1. Desde luego que la deriva punitivista y las actitudes individualistas no son el camino. Las personas que escapamos a lo que espera de nosotras el patriarcado deberíamos estar más organizadas, tanto al menos, como la gente conservadora. En torno a una nueva religión atea/agnóstica, feminista, antirracista y ecologista podríamos hacerlo y crear comunidades por el mundo. En infinito5.home.blog escribo sobre ella.

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