Las escritoras sáficas y la herida de la heteronorma

Poema para Emily Dickinson, Alejandra Pizarnik (La última inocencia)

“Tengo noción de que el talento se reconoce a sí mismo: de que [Emily] Dickinson escogió su aislamiento, a sabiendas de que era excepcional y sabiendo qué era lo que le hacía falta.” El Vesubio en casa, Adrienne Rich.

Cuando las escritoras de la comunidad LGTBI defendemos la relectura histórica, y literaria, en clave queer, no se trata de hacer una lectura de sesgo contemporáneo de personas en un contexto histórico y por tanto vital muy distinto, adjudicándoles etiquetas que se empezaron a reivindicar mucho después. Se trata de aplicar los conocimientos y logros actuales a una genealogía histórica de personas que, por mucho que no se hubieran identificado a sí mismas como parte de la comunidad LGTBI, sí compartían con nosotres amor, sexualidades, cuerpos e identidades que nunca han sido nuevas. Se trata de rendir un tributo a las maricas, bolleras, viciosas, desviadas, invertidas, camioneras, travestis, travas… que nos precedieron y que no tenían acceso a términos como gay, lesbiana, bi, trans, intersex. De establecer paralelismos entre las violencias de entonces y las de ahora, para comprender los orígenes de la opresión y seguir luchando contra ella y por nosotres.

Se trata de aferrar con fuerza los extremos de los cabos sueltos de nuestro pasado y empezar a ligar para tejer una red que nos sostenga vivas y dignas.

Así, necesitamos conocer la relación de amor por correspondencia de Emily Dickinson con su cuñada, Susan Huntington Dickinson (casada con Austin, hermano de la autora). Se permitió la existencia de esta relación bajo la premisa de que incluso las mujeres casadas de aquella época necesitaban apoyo emocional fuera de su matrimonio, y sin embargo, la lectura de estas cartas y de parte de la poesía de Emily nos revela un rastro de algo más: de intimidad y amor entre estas dos mujeres.

Como decía, no se trata de plantearnos indefinidamente si Emily Dickinson fue lesbiana o bi, si tenía una consciencia plena de su diferencia frente a la heteronorma, sino de poner en valor el más que probable sufrimiento de la poeta que nos dijo que la esperanza era esa cosa con plumas ¿con qué soñaba Emily cuando soñaba con Susan? ¿Qué podía permitirse soñar siquiera en aquella época, cuando incluso en la nuestra la auto-negación del deseo y de la propia concepción sáfica es entre nosotras tan dolorosamente común? Y no sólo su sufrimiento. Se trata de hacerle justicia a lo que sintió y vivió la escritora a lo largo de su vida de reclusión en la habitación propia, porque el silencio, la omisión y la indiferencia también son violencia.

Es por eso que recuperamos también la correspondencia amorosa de Alejandra Pizarnik con Silvina Ocampo, escritora, cuentista y poeta argentina (opacada por la figura de su esposo, el también escritor argentino Adolfo Bioy Casares).

Sin embargo, tampoco podemos limitarnos a releer a nuestras predecesoras desde la óptica del sufrimiento hermético, menos aún de nuestro propio alivio al encontrarnos en sus cartas, sus poemas, sus diarios.

Nos hace falta ir más allá: devolverles esas voces que se extinguieron definitivamente al morir ellas pero que llevaban toda su vida negándoles. No ya por nosotras. No ya por la literatura y su riqueza, sistemática y constantemente empobrecida por los análisis heteronormativos que perpetúan, por inercia e incluso intencionadamente, la lesbofobia y la bifobia.

No, es por ellas, porque no sólo fueron autoras, también fueron mujeres que desafiaron la norma social, cultural, política y económica de la heterosexualidad impuesta, desde sus propios cuerpos. Vivimos un momento histórico de recuperación de aquellas autoras indignamente censuradas, relegadas a la literatura en minúsculas en el mejor de los casos y condenadas al olvido absoluto en el peor; los análisis y reflexiones feministas en torno a la obra y figuras de Emily Dickinson, de Alejandra Pizarnik, de Lorraine Hansberry, de Angelina Weld Grimké… y de tantas otras, reivindican precisamente lo imprescindible de la memoria histórica con perspectiva de género, y muchas nos preguntamos ¿durante cuánto tiempo vamos a permitir que esta perspectiva quede velada por la invisibilización de sus identidades?

Lo personal es político y es precisamente por eso que también es literario. ¿Cómo leer a Alejandra Pizarnik, aquella que nos contó que el poeta es el gran terapeuta porque escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura, sin ahondar en la herida de la heteronorma? En su obra poética y en su vida íntima.

¿Cómo leer a Emily Dickinson desde la ignorancia escogida (porque basta una simple búsqueda en Google para conocer las cartas que le escribió a su amada) que implica reivindicarla como la poeta que puso el amor por escrito sin conocerlo ella? Nuestras autoras llevan siglos transcribiendo amores del terreno del sueño (por lo imposible de que se materializaran entonces en un futuro juntas tangible e inocuo para ambas) al de la obra literaria, y ahora tenemos a la vez la necesidad y la obligación de traducir el lenguaje de sus silencios, sus heridas y sus esperanzas.