Más allá de las tallas: miradas en profundidad a los Trastornos de la Conducta Alimentaria

“Yo argumentaría que la anorexia nerviosa no emana de la convicción de que ‘yo no soy/estoy en mi cuerpo’ […] Parece, más bien, que la anorexia nace de la conciencia demasiado dolorosa de que yo soy mi cuerpo.”

A continuación, la psicoanalista de nacionalidad estadounidense y alemana de nacimiento Hilde Bruch (1904-1984) refuerza dicha argumentación explicando cuán doloroso fue para la mujer o niña con diagnóstico de anorexia nerviosa percatarse de que, en la sociedad contemporánea, en la cultura de la globalización occidental, su cuerpo define quién es. Y así, su cuerpo define qué puertas se le abrirán (o no), cuáles serán sus experiencias, cómo responderá el resto.

A mi parecer, esta aproximación teórica a la anorexia nerviosa se sostiene desde una perspectiva feminista; para seguir el hilo de lo que escribe Bruch, se requiere que asumamos que sí, ser mujer con cuerpo, mujer tangible, mujer sexual o sexuada y mujer, en definitiva, de carne y hueso en la sociedad patriarcal es como poco incómodo y en el peor de los casos, una masacre.

Para asumir esto, podemos necesitar recordar las estadísticas: según la Organización Mundial de la Salud, una de cada tres mujeres vivirá algún tipo de violencia sexual a lo largo de su vida, así como violencia de género en la pareja (física o sexual).

Sin embargo, para muchas personas que somos conocedoras de estas estadísticas, y lo que es más importante, para muchas mujeres que no se las saben de memoria pero para quienes son igualmente cercanas estas experiencias de violencia y victimización, establecer una correlación directa entre el riesgo de agresión o abuso sexual y de malos tratos en la pareja para nosotras y los mayores índices de Trastornos de la Conducta Alimentaria como la anorexia y la bulimia nerviosas entre mujeres parece arriesgado. Atrevido. Como de teoría de conspiración.

Ha sido tras años de profundización en la teoría y la militancia feministas, y en nuestro propio proceso de madurez y de sanación de nuestros propios problemas de autoestima y de salud emocional, que muchas nos hemos ido dando cuenta de que reducir la raíz social de las conductas disfuncionales relativas a la alimentación a la proliferación de los anuncios con cuerpos retocados de mujeres y las tallas que se lleven en las pasarelas es quedarse muy, muy cortas.

En su artículo La significación religiosa de la anorexia para una publicación virtual de mujeres teólogas, Caroline Ann Morris argumenta lo siguiente: “la anorexia es un trastorno ascético, en que es la virtud y no la belleza lo que está en juego”.

Pero al reflexionar sobre el papel que juega la manida “belleza femenina” en la ecuación de la anorexia nerviosa, me digo ¿no son lo mismo la belleza y la virtud, para las mujeres atrapadas en los mecanismos de la cruenta socialización patriarcal? ¿Y no podría ser esta la causa subyacente, enterrada bajo el asfalto por la convención social, de una mayoría de conductas disfuncionales relativas a la alimentación; tratándose las modas de las dietas milagro, el refuerzo del canon de belleza mediante campañas publicitarias surrealistas, etc de formas de reforzar esta socialización? Pero no del corazón de esta.

La belleza, para las mujeres, no tiende a definirse en términos de auto-concepto, pero tampoco ni siquiera de mirada objetiva, neutral. Aunque se plantee la dicotomía de lo que les gusta a los “hombres de verdad” (una mujer delgada pero “que tenga por dónde cogerla”, “con curvas”, en definitiva), y lo que gusta a los diseñadores de la alta costura de mayor renombre, algo tienen en común ambos extremos: son principalmente hombres quienes constituyen, a la vez, público y juzgados de la belleza a evaluar.

Es así como podríamos pasar horas poniendo sobre la mesa la doble problemática del canon de belleza en tanto que “monstruo de dos cabezas”: nos exigen ser una mujer que no parezca mujer, porque la sexualización a la que se somete a las niñas es tal que según pasan los años cada vez cobra mayor importancia no tener vello corporal, mantener una figura menuda, que no caigan los pechos ni aparezcan estrías tras el crecimiento constante o que no salgan canas. Pero, al mismo tiempo, una mujer que sea, innegablemente, mujer: es decir, la mujer “con curvas” (pechos, culo, caderas) que mencionaba antes.

Ante esta dicotomía impuesta, las mujeres no parecemos tener otra que hacer malabarismos, convirtiéndonos desde muy niñas en equilibristas sobre la cuerda floja de la virtud-belleza-delgadez. Que tiene que ver con ser mona, es decir, no demasiado sexual ni vocal sobre lo que nos importa o nos urge; pero también con ser sexy, o sea, estar disponible para cualquier hombre y hacerles creer que hemos sido nosotras las que les hemos “atrapado en nuestras redes de seducción”. Y con ser “atractiva”, véase, misteriosa, fascinante, enigmática y por tanto, algo más que una cara bonita, pero siempre, siempre, ostentando la cara más bonita.

Pero todo esto no tendría ningún valor si no mantuviéramos, en palabras de Morris, intacta nuestra virtud. Porque la virtud ha podido ir cambiando de forma, pasar de llamarse honor a auto-respeto, buena salud, buena educación… pero siempre es lo mismo: un residuo del honor más patriarcal, que nos exige sacrificio, silencio y cuidados abnegados.

Y ¿qué tiene que ver entonces el fatídico trinomio virtud-belleza-delgadez con el desarrollo de la anorexia nerviosa? Mucho.

Marya Hornbacher, en sus Memorias de la Anorexia y la Bulimia, lo escribe claramente: “No le temes a la gordura. Le temes a la necesidad, al hambre, a cualquier deseo, a la vida misma. Le temes a ser humana, y así, imperfecta, y así, sólo mortal. Sólo un cuerpo, como todos los demás.”

Yo matizaría que sí, sí le tememos a la gordura; pero es precisamente porque, al contrario de lo que pretenden contarnos los medios y muchos abanderados del bienestar álgido en los últimos tiempos, la gordura no da miedo, ni asco, por su correlación con enfermedades físicas verdaderamente serias. No, la gordura da miedo porque es una manifestación de exceso, de gula, de descontrol en el imaginario popular contemporáneo. Y es que, si la gordura diera miedo por los efectos en la salud que pueden acompañarla, nos aterrorizaría consumir ciertas drogas, o ciertos alimentos obviamente insalubres aun siendo delgados y delgadas, y un largo etcétera (pero esto me resulta obvio, y lo dice cualquier activista contra la gordofobia en el minuto cero).

Y el exceso, en las mujeres, está penado socialmente a unos niveles terroríficos. La mujer que se maquilla de más, la que pide de más, la que folla de más, la que odia y ama de más… y, por supuesto, la que come de más. Son nuestro panteón de musas profanas, de divinidades que se han bajado solitas del pedestal atreviéndose a abrir la boca para devorar algo más que rezos.

Todo esto lo comprendo mucho mejor leyendo a Jess Zimmerman, en su artículo Hunger Makes Me: “Temer el hambre, temer la pérdida de control que lleva del hambre a la voracidad, implica temer pedir cualquier cosa: alimento, atención, amabilidad, consideración, respeto. Amor, por supuesto, y las manifestaciones del amor. […] La mujer ideal no tiene apetito. Esto no quiere decir que rechace la comida, el sexo, el amor, el esfuerzo emocional; rechazar es petulante, que es, irónicamente, más exigente. La mujer desprovista de apetito se termina educadamente lo que hay en el plato, y declina un segundo. Está satisfecha y es fácil de satisfacer.”

Así, volviendo a la argumentación de la psicoanalista Hilde Bruch ¿cómo no vamos a temer nuestros propios cuerpos? Si somos dolorosamente conscientes, quizás más que ninguna otra, y por eso nosotras nos herimos y torturamos mediante ayunos, restricciones, atracones y purgas, de lo que conlleva sólo ser.

Y más ahora, que nos cuentan un cuento con final feliz en que ya nos valoran por nuestro intelecto, nuestro código ético, nuestras calificaciones académicas y eficiencia en el trabajo; y no en tanto que compendios de agujeros, que receptáculos de ego y de deseo sexual ilimitados. Para despertar del sueño de la sociedad igualitaria en mitad de una primera adolescencia que nos demuestra que, en demasiados sentidos, la sociedad contemporánea sigue representando al patriarcado cruento, en su punto álgido.

Por eso, es fácil acabar hundidas en la frustración y la vergüenza ¿por qué no tengo lo que me merezco, si he seguido las reglas del juego? ¿Por qué, si estudié, y trabajé, y fui igual que mis compañeros, incluso mejor?

Así, en palabras de la psiquiatra feminista Carmen Sáez Buenaventura, a cargo de la edición del libro Mujer, locura y feminismo: “el objetivo [de los tratamientos] no acostumbra a ser ir a la raíz del sufrimiento psíquico sino borrar su huella; haciendo desaparecer el ‘síntoma’ y devolviendo a la mujer ya ‘sana’ al mismo círculo donde ‘enfermó’.”

Este examen tan revelador del modus operandi de los tratamientos en salud mental me resulta especialmente útil también como síntesis de lo que vengo escribiendo al respecto de la anorexia y la bulimia nerviosas; darnos cuenta de que es el contexto el que nos falla, y no al revés, es un paso imprescindible a la hora de disolver la culpabilidad que sentimos como pacientes “que lo hemos llevado demasiado lejos”. Porque, cuando nos desarrollamos y crecemos en un contexto enfermizo y en circunstancias insalubres (el círculo donde “enfermamos”) en lo que respecta a nuestra maduración emocional, como lo es la sociedad patriarcal, “enfermar” es una consecuencia natural.

En conclusión, terminamos tratando de demostrarnos esa autonomía y esa autoestima que nos dijeron que podíamos tener, y que luego, sutil pero categóricamente, nos negaron; a través de, cito a Marlene Boskind-Lodahl (especialista en Trastornos de la Conducta Alimentaria y autora del capítulo relacionado de la obra Mujer, locura y feminismo), la alteración auto-destructiva de nuestros propios hábitos alimentarios. Se trata de un mecanismo de autoengaño, y entramos así en un círculo vicioso, porque ni ayunar, ni darnos atracones, ni purgar refuerzan de verdad nuestra autoestima, por mucho que nos hagan sentir, momentáneamente, mejor y “controlando”.

Sobre la autora

Sol Camarena Medina se define desde hace tiempo como feminista, lesbiana y loca. Nació en 1997 y ha auto-editado dos poemarios, pétalos y espinas y ya lo escribieron ellas; además, sus poemas son parte de diversas antologías, revistas y publicaciones. Es creadora de una plataforma virtual por y para artistas contemporáneas, @artebruja, y co-editora de la revista feminista La Gorgona. Es asidua de encuentros culturales y poéticos de su ciudad, Valencia, como Versonalidad, Versillos a la Mar, Versat i Fet o el Mercado de Autoras. También ama y se ríe muy alto. Puedes leerla en Twitter en @sol_c_m_.

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