Mar Cambrollé: “Esas mujeres que utilizan la biología como herramienta política para agredir a las personas trans no deben caber en el feminismo.”

Mar Cambrollé es Presidenta de ATA – Sylvia Rivera y Presidenta de la Federación Plataforma Trans. Os traemos la entrevista a esta activista trans y feminista histórica en que, en conversación con la co-editora Sol Camarena Medina, nos habla de los movimientos LGTBI, el papel de ATA – Sylvia Rivera en la lucha por la igualdad de las personas trans en Andalucía, los feminismos, y mucho más.

·Sois la Asociación de Transexuales de Andalucía – Sylvia Rivera, en vuestras propias palabras, “una asociación de, por y para transexuales”. Fundada en junio de 2007 por un grupo de mujeres trans andaluzas, la Asociación intenta “dar una respuesta a la situación específica del colectivo trans”. ¿Qué os lleva a organizaros entre vosotras, más allá de los activismos LGTBI preexistentes en Andalucía? ¿Es la lucha trans un frente primordial para dichos activismos, o hace falta más concienciación y militancia trans dentro de las organizaciones y colectivas LGTBI?

Las personas trans arrastramos, desde la Historia, un error o una secuela; los regímenes totalitarios, y precisamente el régimen franquista que hemos vivido en España, son tan miopes que son incapaces de distinguir orientación de identidad. Para esos regímenes, éramos todos homosexuales; ni siquiera lesbianas, ni siquiera bisexuales, ni siquiera personas trans. Sin embargo, a pesar de las leyes cuyo objetivo eran ir a la caza de homosexuales, las personas que sufrieron esa opresión en su forma más dura siempre han sido las personas trans, o las personas que tienen una expresión de género no normativa, gays y lesbianas con más pluma. Es decir, la gente que es visible; porque la orientación en sí no es visible, es algo íntimo, ya que no se puede adivinar la orientación de un ciudadano o ciudadana en cualquier espacio público donde se encuentren.

Sin embargo, quienes sí han sido siempre visibles son las personas que han desafiado la expresión de género de forma no normativa, y las personas trans. Hemos recibido los peores maltratos de los regímenes totalitarios, y esto ha conllevado que arrastremos esta clase de error histórico a día de hoy.

La sociedad es machista y patriarcal, y los colectivos LGTBI no están exentos de ello. Precisamente ayer, en una reunión oficial, de las 30 personas que éramos aproximadamente, éramos 6 mujeres (cis y trans). El resto eran hombres. Y en el discurso que se dio se proclamaban feministas. ¿Ese feminismo que se traga al sujeto político para hablar de sí mismo?

El acrónimo LGTBI es reciente, se acuña en los años 90 con una intención inclusiva pero, paradójicamente, ha servido para que dentro de este, a pesar de estar todas las realidades, nos represente siempre el hombre blanco y gay. Así se nos ha representado a lesbianas, bisexuales y por supuesto, a las personas trans.

Otro gran problema que tenemos las personas trans es precisamente seguir confundiendo, a través de estos movimientos, orientación con identidad. Por un lado, como son hombres, gays y cis, siempre han priorizado, por encima de cualquier tipo de demanda o de reivindicación, las que tienen que ver con la orientación. La situación de gays y lesbianas está bastante naturalizada en todos los planos sociales, sufriendo menor discriminación laboral por su orientación, y con una visibilidad en la televisión. Parece que si no hay un “maricón” colocado en un programa de tertulia, no está completo el programa.

Incluso han ocupado espacios en los partidos políticos y en las instituciones, teniendo una gran influencia, que está muy marcada por ese binomio al que no quieren renunciar: masculinidad-poder.

De ahí surge la necesidad de empoderarnos como colectivo autónomo e independiente, sobre todo para que sea el propio sujeto político el que hable, con capacidad de analizar su situación, pero también de determinar cuáles son las soluciones que pueden demandar, cuotas que nos equiparen en igualdad al resto de la ciudadanía.

Las personas trans hemos sufrido un proceso similar y análogo al de las mujeres, porque hubo un tiempo en que, en el Estado español, viviendo una dictadura, todas las mujeres tuvimos que luchar contra el régimen del General Franco. Y se pospuso la lucha por la igualdad de género, porque lo que urgía era acabar con un régimen dictatorial. Pero pasado este momento, las mujeres tuvieron que organizarse, porque en los espacios políticos (ya sea en la izquierda, en los sindicatos, etc); siempre han supuesto una presencia minoritaria. Ha sido el machismo, el patriarcado, el que ha tenido la voz, y sigue teniéndola.

El que se haya reducido la brecha sangrante, en muchos espacios, ha sido una conquista; primero, de la organización autónoma de las mujeres, como sujeto político, y por haber reclamado espacios de equidad, que no de igualdad. Porque igualdad es tratar a todo el mundo igual, y equidad es darle a cada uno lo que necesita para ser iguales en trato y derechos.

Y es que yo no quiero que me traten “por igual”, lo que quiero es que sean conmigo equitativos, porque el punto de partida ya es desigual. Yo estoy tres escalones por debajo; hemos recibido un trato subhumano, por debajo de la condición humana.

Las mujeres no disponían de espacios para poder decidir sobre sus vidas, ni podían tener una cuenta corriente, ni viajar solas, ni ser herederas; incluso, si el marido las denunciaba por infidelidad, no era necesario probarlo en un juicio. Fíjate si la justicia  era patriarcal y era machista, ahora que nos quejamos de que la justicia lo es, con estas sentencias favorables a los opresores y los asesinos. Pero fíjate de dónde venimos; sin probarse que una mujer había sido infiel, si la voz de un hombre lo decía y denunciaba, la mujer iba a la cárcel.

La mujer no era un sujeto de derecho, sino uno tutelado por el Estado y por el hombre; y las personas trans no somos un sujeto de derecho, sino uno tutelado por el Estado, por la Medicina y más que híper-representadas por los hombres gays, bajo una injerencia y un tutelaje obligado por los hombres gays. De ahí la necesidad de que el colectivo trans se organice como uno autónomo.

Además, porque las situaciones de discriminación hacia las personas trans, son específicas y estructurales. 

¿Quiere decir esto que nosotros cerremos las puertas a las alianzas? ¿Que queramos una ruptura con el colectivo LGTBI? No; pedimos unidad, pero una unidad desde la adultez, desde el respeto al sujeto político. Si usted quiere ser aliado, usted tiene las puertas abiertas; pero un aliado siempre ha de caminar un paso atrás, o al lado. Nunca delante, y menos encima.

El movimiento feminista y el movimiento trans, por muchos encuentros y debates que tengamos que tener, estamos destinadas a encontrarnos en un mismo punto; porque nuestras vidas, nuestro espacio en la sociedad, han sido paralelas. Y porque el enemigo que nos ha castigado a ambos grupos humanos ha sido el patriarcado, unido a un sistema capitalista.

·¿Cuál era la situación generalizada de la comunidad trans, y sobre todo de las mujeres trans, en Andalucía en el momento en que fundasteis ATA? ¿Se han producido cambios fundamentales en lo que respecta a las circunstancias de vida de las personas trans en Andalucía, y en el Estado español en general, desde entonces? Habladnos de vuestro recorrido hasta hoy.

Yo, que lo vivo en primera persona, porque tengo una gran suerte, que es que soy una activista histórica pero contemporánea (de ayer, de hoy y de mañana), que no he dejado el activismo porque forma parte de mi propia existencia y de mi vida; me doy cuenta, al haber vivido esta transición, de cómo se está dando ahora mismo un fenómeno paralelo. Por un lado, vemos una juventud trans que nace en un espacio en que las generaciones anteriores hemos proporcionado una conquista de derechos; pero, paralelamente, hay gente joven ahora que vive la misma situación de opresión que vivía yo.

Me refiero al entorno; hay muchas familias que siguen sin entender el hecho trans, todavía nos queda mucho para que en las escuelas deje de verse tan golpeado el colectivo trans ante el acoso escolar, y pasa lo mismo con las agresiones en las calles.

Ha habido una gran revolución en lo trans, porque éramos personas muy estigmatizadas, bajo estereotipos fijados que además formaban parte de una estrategia de demonización del sujeto para que sobre este pueda recaer todo tipo de opresión y que nadie se impute, porque cuando yo hago el ejercicio de demonizar a alguien, abro el espacio para justificar la opresión. Venimos de familias en que teníamos que huir porque no aceptaban nuestro tránsito social; así como de los colegios, porque era imposible estudiar ante el gran acoso que sufríamos en las escuelas, no digo ya en las Universidades porque no llegábamos.

Venimos de un sistema laboral cerrado a cal y canto para nosotros, que el único espacio que nos permitía abrir para poder subsistir a las personas expulsadas del hogar, que no habíamos podido estudiar, con las puertas cerradas a un trabajo normalizado, era el de la subsistencia a través de, o bien la prostitución, o bien el espectáculo.

Y tengo que aprovechar el día de hoy para hacer un alegato al gran trabajo que ha hecho el movimiento trans, que no el movimiento feminista, ya que hoy, hace solamente una década, el 80% de las mujeres trans españolas trabajaban en la prostitución. Hoy, afortunadamente, y no gracias al trabajo del movimiento feminista, que no ha movido un dedo; sino al gran trabajo del movimiento trans, podemos decir que las mujeres trans españolas que se dedican a la prostitución son el 5%.

Hoy, nuestras chicas están en las Universidades, estudiando, incluidas en esta sociedad de manera más normalizada, porque, a través de nuestro activismo social, político y cultural, hemos logrado cambios en el imaginario social, en el pensamiento de las familias, a la hora de entender la transexualidad, no como un trastorno, sino como una expresión más de la diversidad humana; que viene a enriquecer y a sumar. Y esto ha surtido un efecto, no solamente en los padres y madres, ya que la gran mayoría ya no echa de casa a sus hijos y a sus hijas; sino que también hemos conseguido, a través de legislaciones autonómicas, como es el caso de Andalucía, estar protegidas por Ley en el espacio educativo: tanto en institutos, como en escuelas y Universidades.

Y eso hace más fácil que los jóvenes trans no abandonen, como teníamos que hacer antes, los centros educativos; hoy tenemos a una gran generación, al 80% de la juventud trans, estudiando y preparándose. A estas mujeres las hemos sacado de la calle y de las esquinas el movimiento trans.

Es esa pérdida de tiempo que supone, de manera dogmática y no racional, gran parte de la discusión feminista en torno a la prostitución; porque no se abre un debate sin miedo ni prejuicios desde lo diverso y heterogéneo que es el movimiento feminista (porque no hay nada más antagónico a la libertad y al feminismo que las posturas hegemónicas y totalitarias). Y es que ya en el enunciado hay una toma de posiciones sutil, porque no se habla de trabajo sexual, sino de prostitución o de explotación sexual.

Cuando se hable de trabajo sexual, quizás tengamos que quitarnos esa caspa que tenemos, de dogmatismo, que además está muy influida por una moral mojigata y judeocristiana de la sexualidad de la mujer. No podemos hablar como si fuera lo mismo el trabajo sexual que la explotación sexual, porque implica obviar que existen otras realidades; escuchemos al sujeto político.

Yo, personalmente, estoy en contra de la explotación de la mujer; pero de la explotación afectiva, la laboral y la sexual. Y por eso no tengo esa exacerbada obsesión con lo sexual. ¿Abolición de la prostitución? ¿Y qué decimos de las compañeras Kellys, sobrecargadas de trabajo y de artrosis, que trabajan por tan mísero sueldo limpiando una habitación?

¿Qué les decimos a las mujeres, que se salgan de putas para meterse a un trabajo digno? ¿El de hacer camas por tan mísero sueldo? No, trabajemos todas por eliminar cualquier atisbo de la explotación de la mujer.

En el momento en que convirtamos lo sexual en una obsesión, tenemos que recular; porque en este discurso académico, del feminismo de cartón piedra, nos perdemos el sujeto político y los derechos humanos de las personas.

Necesitamos un discurso que esté por encima del dilema de la abolición contra la no abolición; el del reconocimiento de derechos contra la clandestinidad.

¿Qué es este juicio de valor, para decir que un trabajo es más digno que otro? ¿Queremos darle barra libre al capitalismo, para que explote a las mujeres porque esos otros trabajos sí son “dignos”, enfrentados a los que tienen que ver con el coño de las mujeres, que son “indignos”? Hemos tenido a la Iglesia metida en nuestros coños, y no seremos ahora nosotras quienes prolonguemos ese mensaje mojigato.

Pero lo que quiero decir es que el de la prostitución es un tema de múltiples vértices y aristas, que necesita de un análisis con la participación activa del sujeto político. No se puede, desde la academia y desde el despacho, desde la posición propia y desde la moqueta, hablar por las demás mujeres. Si no, se está haciendo de patriarcado.

·Un bastión esencial de la lucha, en ATA, es la integración socio-laboral de las mujeres trans. Con estadísticas que confirman que el 85% de las personas trans están en paro ¿qué medidas hay que exigir a las instituciones y los representantes políticos? ¿Qué servicios ofrecéis desde la Asociación a personas trans que busquen empleo o sufran discriminación en su lugar de trabajo?

Primero, permíteme un matiz: las personas trans no estamos en paro, sino excluidas del mercado laboral. La situación del parado es la de haber tenido un trabajo, perderlo y estar en situación de desempleo; mientras que la exclusión laboral implica no tener acceso al mercado laboral. Esta última es la situación de las personas trans.

A las instituciones y a los políticos les pedimos lo mismo que cualquier grupo humano, y además mediante las mismas fórmulas y políticas que se han aplicado a otros colectivos, como a las mujeres en edades en que es más difícil encontrar un puesto de trabajo. Cuando se ha querido incentivar el empleo para la juventud, o para personas con diversidad funcional, las instituciones han creado políticas activas de empleo; que van desde incentivar a las empresas que contraten a esas personas, hasta las reservas del 1-2% de los puestos de la Administración Pública, o bien en empresas subcontratadas por la propia Administración.

Así, una de las condiciones podría ser que, cuando un Ayuntamiento saque a concurso licitaciones de contratos, la empresa que tenga determinado porcentaje de personas trans trabajando tendrá más puntos a la hora de ser contratada.

Hay que empezar así; e incentivar también a la empresa privada, primero para romper el hielo, no como algo permanente, porque lo que hay que romper es la barrera del prejuicio. Los empresarios, a través de la práctica, necesitan darse cuenta de que una persona trans es tan válida como otra y se nos debe valorar y evaluar por nuestras habilidades sociales e intelectuales; y no por los prejuicios existentes.

¿Que qué hacemos desde ATA? Pues por ejemplo, el año pasado, y aunque esto no sea la solución última (pero sí sirve de ejemplo para otras empresas, y para la propia Administración pública); conseguimos llegar a un convenio con una empresa del gremio hotelero en Andalucía que se comprometía a contratar a personas transexuales en todos sus puestos de trabajo.

·Vivimos un momento histórico en que algunos feminismos se han vuelto virales y casi mayoritarios. Sin embargo, esto a veces conlleva la proliferación de mensajes más superficiales o incompletos en lo que respecta a la liberación de comunidades oprimidas como lo son las mujeres o las personas LGTBI. Todo esto va de la mano del resurgir de ideologías discriminatorias y opresivas en sí mismas, como lo son las propias del feminismo trans-excluyente o directamente, transmisógino. ¿Cuál es la situación actual de las mujeres trans en las luchas feministas, con este despunte de ideas excluyentes sobre lo que es “ser mujer”? ¿Cuáles son vuestras propuestas en materia de feminismos y vidas libres de violencias para las mujeres trans?

La situación de las mujeres trans en el feminismo sigue siendo la misma que desde hace ya décadas: ir juntas, mano con mano, contra las opresiones que se ejercen sobre todas las mujeres. Hacemos hincapié en el techo de cristal, y en si además de ser mujer, eres negra, mujer y lesbiana, o con diversidad funcional, o mujer trans. Ahí tenemos las grandes marchas del movimiento feminista, incluidas las mujeres trans, en Argentina; exigiendo el fin de los feminicidios y los transfeminicidios.

Nuestro espacio sigue siendo el mismo, y no tenemos que pedir permiso para ser sujeto del feminismo, porque ya somos sujeto del feminismo; partiendo de que somos mujeres, mujeres maltratadas, perseguidas, oprimidas y asesinadas por el mismo sistema machista y patriarcal que oprime al resto de mujeres cis.

Sí es verdad que, para conseguir espacios libres de violencia para las mujeres trans, es necesario que, de nuevo, todas las mujeres nos impliquemos en desterrar de los espacios del feminismo los totalitarismos, así como aquellas actitudes que fomentan el odio, la violencia, y la agresión hacia las mujeres trans. Sobre todo, tenemos que superar un discurso biopolítico que está justificando la agresión a las mujeres trans. Y digo “biopolítico” porque se quiere utilizar la biología para determinar quién es el sujeto-mujer, sobre todo, una biología obsoleta, anticuada, y que ya se ha visto superada por la propia ciencia y por la propia experiencia de muchos colectivos humanos. Esos colectivos que hemos venido a determinar que las identidades trans, como las identidades intersex, son parte de la biología, y por tanto también son “biológicas”.

Querer definir el sexo, que no el género, de una persona (el género ya todas sabemos que es una construcción, porque depende de los roles sociales, culturales, de cómo nos vestimos, nos comportamos, nos expresamos… y eso sí tiene que ver con roles y normas sexistas); pero querer, a estas alturas, decir que el sexo lo definen los genitales o los cromosomas de las personas es caer en un totalitarismo ciego y absurdo. Primero, porque hay muchas personas que presentan diversidad de composiciones cromosómicas; ni todo el mundo es XX, ni todo el mundo es XY. Hay más combinaciones, y nada tienen que ver con la identidad sexual, con el sexo que la persona siente.

Hay algo que está por encima de los componentes, como son los cromosomas, las gónadas, los genitales… que sí tienen una repercusión en todas las personas, tiene que ver con las corporabilidades, con cómo se desarrollan nuestros cuerpos y caracteres. Pero la conciencia de ser mujer u hombre tiene que ver mucho con lo psicosocial, con esa conciencia que todas las personas, en un momento de su proceso vital, descubren que son hombres o mujeres. No hay más relación entre genitales e identidad sexual, y queda totalmente probado por la ciencia ya.

Por tanto, esas mujeres que utilizan la biología como herramienta política para agredir a las personas trans no deben caber en el feminismo. Además, le estamos proporcionando un fundamento teórico a la ultraderecha y a los sectores ultracatólicos. Las personas trans tenemos un gran problema, que nombro con el vocablo trans-fachito, y este lo componen el discurso biopolítico, la patologización médica de las identidades trans, y el tutelaje cis.

Este es el tridente que, además, usan las TERFs [feministas radicales trans-excluyentes], la Academia médica, y por supuesto, las personas que se auto-otorgan la posición de tutores o representantes obligatorios de las personas trans. Y este tridente lo que pretende es negar la legítima identidad de las personas trans, oprimirlas y expulsarlas a los márgenes.

En este sentido, es necesario un gran debate con nuestras hermanas, que han sufrido los mismos estadios de discriminación que las mujeres trans; para, juntas, constituir una alternativa libre para todas las mujeres.

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